Cómo funciona un ACV en la práctica
Comprender cómo se realiza un ACV significa pasar de la teoría a la aplicación práctica de un modelo operativo. Tras aclarar qué es el Análisis de Ciclo de Vida y por qué es útil para las empresas, el siguiente paso es entender cómo estructurar el análisis en términos concretos: qué datos recopilar, qué fases incluir, cómo construir el modelo y cómo interpretar los resultados.
Un ACV no es solo un cálculo ambiental. Para una empresa, es una herramienta que conecta productos, procesos, proveedores, logística y gestión del fin de vida dentro de un marco medible. Su valor radica en su capacidad para identificar dónde se concentran los impactos y qué decisiones pueden reducirlos de forma concreta.
Si desea comenzar por la definición y el papel del Análisis de Ciclo de Vida en las estrategias corporativas, puede leer el artículo dedicado a qué es el ACV y para qué sirve realmente en las empresas. En esta guía, nos centramos en cambio en la parte práctica: cómo realizar un ACV, paso a paso, con un ejemplo aplicado al producto de una empresa.

1. Definir el objetivo del estudio
El primer paso para realizar un ACV es definir el objetivo del estudio. Esta elección guía todo el trabajo posterior: el nivel de detalle, los datos a recopilar, el alcance del análisis y el tipo de resultados esperados.
Una empresa puede realizar un ACV por muchas razones. Puede querer comparar dos materiales alternativos, evaluar el impacto ambiental de un producto, preparar una Declaración Ambiental de Producto (DAP o EPD, por sus siglas en inglés), responder a la solicitud de un cliente, respaldar decisiones de ecodiseño o identificar prioridades para la reducción de impactos.
¿Qué es una Declaración Ambiental de Producto (EPD)?
Una Declaración Ambiental de Producto, o EPD, es una declaración ambiental verificada que comunica los impactos ambientales de un producto a lo largo de su ciclo de vida de forma transparente y estandarizada.
Para obtener una, la empresa debe desarrollar el estudio de ACV de acuerdo con las reglas establecidas por un Operador de Programa, el organismo que gestiona el programa de EPD, publica las reglas de referencia y registra las declaraciones verificadas. Entre los Operadores de Programa más utilizados se encuentran, por ejemplo, EPDItaly y The International EPD System. EPDItaly es el programa italiano, mientras que The International EPD System está gestionado por EPD International AB, una empresa sueca, y se considera el primer y más antiguo programa de EPD a nivel internacional, lanzado en 1998 como el Swedish EPD System.
Si el objetivo de la empresa es obtener una EPD, por lo tanto, es importante verificar desde el principio qué Operador de Programa utilizar y si existe una PCR (Regla de Categoría de Producto) para el producto de referencia. Las PCR definen las reglas específicas para realizar el ACV en una categoría de producto determinada: límites del sistema, datos a recopilar, categorías de impacto a incluir y cómo se deben presentar los resultados.
Esta comprobación inicial es esencial porque la EPD debe construirse de acuerdo con reglas que sean coherentes con la categoría de producto. Si existe una PCR, el estudio de ACV debe seguir sus requisitos. Si no existe, la empresa debe evaluar cuidadosamente el camino adecuado y las reglas aplicables.
El objetivo, por lo tanto, debe ser específico. Decir «queremos medir el impacto ambiental del producto» es demasiado genérico. Una formulación más útil podría ser: «queremos evaluar el impacto ambiental del embalaje actual y compararlo con una alternativa que contenga material reciclado, a fin de respaldar las decisiones de producto y de compras».
Esta precisión inicial evita la recopilación de datos innecesarios o la construcción de un modelo que sea demasiado amplio para la decisión que se debe tomar. Un ACV eficaz siempre parte de una pregunta empresarial clara.
2. Elegir la unidad funcional
Tras definir el objetivo, se debe establecer la unidad funcional. Esta es la referencia cuantitativa que describe la función realizada por el producto o servicio analizado, frente a la cual se calculan los impactos, lo que permite comparar diferentes escenarios de forma coherente.
Si la empresa está analizando un embalaje, la unidad funcional podría ser: «unidades de embalaje utilizadas para empaquetar y distribuir un producto específico». El flujo de referencia está vinculado a esta unidad funcional, es decir, la cantidad específica de embalaje necesaria para realizar esa función. Por ejemplo, en el caso analizado, el flujo de referencia podría ser de 1.000 unidades, lo que indica que se necesitan 1.000 unidades de ese embalaje específico para cumplir la función.
Elegir la unidad funcional es fundamental porque dos alternativas solo se pueden comparar si realizan la misma función. Un material más ligero, por ejemplo, no es automáticamente mejor si protege el producto con menos eficacia y aumenta los residuos. Del mismo modo, un embalaje con menores emisiones de producción puede no ser la solución más eficiente si empeora la logística o hace que el reciclaje sea más complejo.
Por esta razón, la unidad funcional debe conectar el impacto ambiental con la función real del producto. No mide simplemente «cuánto» impacta un objeto, sino cuánto impacta mientras realiza una función específica.
Si, en cambio, la empresa está analizando un componente industrial, la unidad funcional podría ser: «permitir el correcto funcionamiento del sistema industrial en el que está instalado el componente, de acuerdo con el rendimiento técnico requerido y para una vida útil definida».
En estos contextos, el flujo de referencia corresponde exactamente a una unidad del componente específico analizado. En las EPD, por ejemplo, se utiliza con frecuencia la unidad declarada: una magnitud física cuantificada utilizada como base para calcular los impactos ambientales. Su uso es esencial cuando no es posible definir de antemano la función final del producto o el uso previsto.
3. Definir los límites del sistema
El tercer paso es definir qué fases del ciclo de vida se incluirán en el modelo. Esta elección se denomina la definición de los límites del sistema.
Un análisis de cuna a puerta (cradle-to-gate) considera las fases desde la producción de la materia prima hasta el punto en que el producto sale de las instalaciones de la empresa. Es útil cuando la empresa desea centrarse en los procesos bajo su control y en la cadena de suministro aguas arriba. Este enfoque es particularmente común en contextos B2B, cuando el producto que sale de la empresa se convierte en un insumo o componente de otro producto. En estos casos, la información de impacto ambiental generada por el análisis se puede proporcionar al cliente, quien puede utilizarla como datos de entrada para sus propios cálculos de ACV.

Un análisis de cuna a tumba (cradle-to-grave) también incluye la distribución, el uso y el fin de vida. Es más completo y permite evaluar el impacto a lo largo de todo el ciclo de vida.
Un análisis de cuna a cuna (cradle-to-cradle) también considera escenarios de recuperación, reciclaje o reintegración de materiales en nuevos ciclos de producción.
La elección del alcance depende del objetivo. Si el objetivo es obtener una certificación o comunicar datos ambientales de forma externa, el alcance debe cumplir con las normas, las PCR o los requisitos específicos. Las PCR (Reglas de Categoría de Producto) son particularmente relevantes cuando el ACV se utiliza para desarrollar una Declaración Ambiental de Producto, porque garantizan que los productos que pertenecen a la misma categoría se evalúen de acuerdo con criterios coherentes y comparables.
Si, por el contrario, el objetivo es una evaluación interna inicial para identificar puntos críticos (hotspots) y oportunidades de mejora, puede ser útil comenzar con un alcance más manejable y aumentar el nivel de detalle en una etapa posterior.
4. Recopilar los datos necesarios
La recopilación de datos es una de las fases más importantes y complejas de un ACV. El modelo depende de información ubicada en diferentes áreas de la empresa y, a menudo, también en proveedores externos.
Los datos principales se refieren a materias primas, componentes adquiridos, consumo de energía, consumo de agua, combustibles, actividades de transformación, transporte, embalaje, residuos de producción, emisiones directas, patrones de uso y escenarios de fin de vida.
Involucrar a toda la organización es clave: en una empresa de fabricación, esto significa implicar a compras, operaciones, calidad, logística, I+D, sostenibilidad, proveedores estratégicos, gestores de residuos y clientes o socios intermedios en la cadena de valor.
Los datos deben estar disponibles, pero sobre todo ser trazables. Es necesario saber de dónde provienen, a qué período se refieren, quién los validó y qué hipótesis se utilizaron. Esto es particularmente importante cuando los resultados del análisis se utilizan para certificaciones, licitaciones, solicitudes de clientes o comunicaciones externas.
Cuando una empresa trabaja con muchos productos, líneas o instalaciones, gestionar estos datos con archivos individuales se vuelve ineficiente rápidamente. En estos casos, un software de ACV permite centralizar la información, reducir el trabajo manual, replicar el modelo en múltiples productos de una manera más estructurada y mantener un registro histórico de los análisis completados para comparar la evolución de los impactos ambientales de los productos a lo largo del tiempo y monitorear el progreso logrado a través de las acciones de mejora.
5. Construir el modelo de ACV: fases aguas arriba, principales y aguas abajo
Una vez recopilados los datos, se puede construir el modelo de ACV. En la práctica, el ciclo de vida a menudo se organiza en tres macrofases: aguas arriba (upstream), principal (core) y aguas abajo (downstream).
La fase aguas arriba incluye todo lo que sucede antes de que los materiales y componentes lleguen a la empresa. Incluye la extracción de materias primas, la producción de materiales adquiridos, los procesos externos y el transporte de entrada.
La fase principal se refiere a las actividades controladas directamente por la empresa: procesos de producción, consumo de energía y agua, combustibles, residuos, tratamientos, manipulación interna y envasado gestionado dentro de la instalación.
La fase aguas abajo incluye lo que sucede después de que el producto sale de la empresa: distribución, uso, mantenimiento, eliminación, recuperación o reciclaje.
Esta estructura ayuda a interpretar el modelo de forma operativa. Si el impacto principal se encuentra en la fase principal, las acciones se referirán a los procesos, la energía y la eficiencia de producción. Si el punto crítico está aguas arriba, será necesario trabajar con los proveedores, los materiales y los datos de la cadena de suministro. Si el mayor peso está aguas abajo, el problema puede referirse al diseño, la durabilidad, la logística o la gestión del fin de vida.
6. Ejemplo práctico: ACV de un embalaje industrial
Imaginemos una empresa que produce y distribuye un producto B2B envasado en un embalaje primario. El objetivo del estudio es comparar el embalaje actual con una nueva alternativa que contenga material reciclado, a fin de comprender si el cambio realmente reduce el impacto ambiental general.
La unidad funcional elegida es: unidades de embalaje utilizadas para empaquetar y distribuir el producto específico al cliente final. Para el embalaje analizado, el flujo de referencia necesario para cumplir esta función está representado por 1.000 unidades de embalaje.
El alcance del análisis es de cuna a tumba, por lo que incluye la producción de materiales, la transformación del embalaje, el transporte, el uso y el fin de vida.
En la fase aguas arriba, la empresa recopila datos sobre la cantidad de material utilizado para cada unidad, el porcentaje de material reciclado, los proveedores involucrados, el origen del material y el transporte a la instalación.
En la fase principal, se consideran el consumo de energía del proceso de envasado, los residuos generados, los materiales auxiliares y el embalaje secundario utilizado para la distribución.
En la fase aguas abajo, el modelo incluye el transporte al cliente, el comportamiento del embalaje durante el uso y el escenario de fin de vida: reciclaje, incineración, vertedero o recuperación.
Llegados a este punto, el modelo permite comparar dos escenarios. El primero es el embalaje actual, producido con material virgen. El segundo es el nuevo embalaje con una proporción de material reciclado.
El resultado puede mostrar que el material reciclado reduce el impacto en la fase aguas arriba porque requiere menos recursos primarios. Sin embargo, si el nuevo embalaje es más pesado, requiere más energía durante la transformación o empeora el rendimiento logístico, el beneficio inicial puede verse reducido.
Además, al aumentar la proporción de material reciclado, es posible que el embalaje ya no garantice el mismo rendimiento que el material virgen y, para realizar la misma función, se requieran más unidades: por ejemplo, 1.200 unidades en lugar de 1.000.
Por el contrario, si mantiene la misma funcionalidad, no aumenta los residuos y mejora la gestión del fin de vida, la alternativa puede resultar más ventajosa.
Este es el punto central: un ACV no se utiliza para confirmar una hipótesis de sostenibilidad, sino para verificarla a través de datos medibles.
7. Interpretar los resultados: puntos críticos y escenarios
El resultado final de un ACV no debe leerse únicamente como una cifra global. El valor principal del análisis radica en el desglose de los impactos.
Si el modelo muestra que la mayor parte del impacto proviene de la producción de materiales, la empresa sabe que la prioridad no es optimizar marginalmente la logística, sino trabajar en la composición, los proveedores y las alternativas de materiales.
Si, por el contrario, una parte significativa proviene del transporte, el enfoque puede desplazarse hacia las distancias, los métodos de distribución, el peso y el volumen del embalaje.
La interpretación también permite simular escenarios. ¿Qué sucede si aumenta el porcentaje de material reciclado? ¿Qué cambia si se selecciona un proveedor más cercano? ¿Cuál es el efecto de reducir el peso del embalaje? ¿Qué escenario de fin de vida genera el mejor resultado?
Esta fase convierte el modelo de ACV en una herramienta para la toma de decisiones. No produce simplemente datos ambientales, sino una jerarquía de prioridades que puede guiar las inversiones, las elecciones técnicas y las actividades de mejora.

Cómo utilizar un ACV en la empresa
Un ACV puede respaldar varias funciones comerciales porque traduce datos ambientales complejos en información útil para la toma de decisiones. No solo es útil para el equipo de sostenibilidad; también puede convertirse en una herramienta operativa para los departamentos de producto, compras, operaciones, calidad, marketing y la dirección de la empresa.
Para el equipo de producto, un ACV ayuda a evaluar alternativas de diseño, materiales y componentes antes de que se finalicen las elecciones. Por ejemplo, permite comprender si un cambio realmente reduce el impacto global o simplemente traslada el problema de una fase del ciclo de vida a otra.
Para compras, los resultados pueden respaldar las comparaciones entre proveedores, materias primas y procesos externos. Si una parte significativa del impacto proviene de la fase aguas arriba, la empresa puede utilizar el modelo de ACV para identificar qué datos solicitar a los proveedores y qué alternativas deben ser prioritarias.
Para los equipos de marketing y comunicación, un ACV es útil para evitar el greenwashing. De hecho, el ACV permite realizar actividades de marketing ecológico precisas y ayuda a evitar comunicaciones genéricas, las cuales también están sancionadas por la Directiva contra el Greenwashing.
Para operaciones y producción, el análisis puede destacar el peso del consumo de energía, los residuos, las actividades de transformación o las ineficiencias de los procesos. Esto permite conectar la reducción de los impactos ambientales con acciones concretas sobre la eficiencia, los costes y el rendimiento de la producción.
Para la sostenibilidad, el cumplimiento normativo y la presentación de informes, un ACV proporciona datos estructurados y trazables que pueden utilizarse para certificaciones, declaraciones ambientales, solicitudes de clientes, licitaciones, evaluaciones ESG y comunicaciones técnicas.
Su valor aumenta cuando los resultados no se quedan aislados en un informe, sino que se actualizan, comparan e integran en los procesos comerciales.
En este sentido, un ACV es útil no solo porque mide el impacto de un producto, sino porque aclara dónde actuar, qué alternativas comparar y qué decisiones pueden generar una mejora medible.
Errores que se deben evitar al realizar un ACV
El primer error es comenzar con la recopilación de datos sin haber definido el objetivo, la unidad funcional y los límites del sistema. Esto a menudo conduce a modelos confusos que son difíciles de interpretar y no se pueden comparar.
El segundo error es utilizar datos no trazables. Si un valor proviene de una estimación, de un archivo desactualizado o de una fuente no documentada, esto debe indicarse. Un ACV que sea útil para las decisiones comerciales debe ser verificable, especialmente si se va a utilizar para certificaciones, licitaciones o comunicaciones externas.
El tercero es comparar alternativas que no realizan la misma función. Un material puede parecer mejor porque tiene un impacto menor por kilogramo, pero puede ser menos conveniente si se necesita una cantidad mayor para lograr el mismo rendimiento.
El cuarto error es detenerse en el resultado final sin convertirlo en acción. Un ACV tiene valor cuando conduce a decisiones: reducir el peso, cambiar de material, modificar un proveedor, mejorar el proceso de producción, revisar la logística o preparar una certificación.
Conclusión
Realizar un ACV en la práctica significa transformar los datos técnicos, de producción y de la cadena de suministro en un mapa para la toma de decisiones. El resultado no es solo un indicador ambiental, sino una herramienta para comprender dónde actuar, con qué prioridad y con qué impacto potencial.
For companies, the value of Life Cycle Assessment lies in its ability to connect sustainability and operations. A well-built LCA model makes it possible to make stronger decisions on products, materials, suppliers, processes, and certifications.
En un contexto en el que los clientes, las normativas y los mercados exigen cada vez más datos ambientales fiables, realizar un ACV no significa simplemente medir el impacto de un producto. Significa construir un sistema más estructurado para gestionar la sostenibilidad como parte integrante de la toma de decisiones empresariales.
COLABORADOR

Luis Antazema
Analista de Sostenibilidad
Con formación como Ingeniero Químico y un enfoque en el sector energético, Luis aplica un riguroso enfoque técnico y analítico a la descarbonización y la medición de emisiones. Nacido en Bolivia y desarrollado profesionalmente entre Estados Unidos y Europa, contribuye al diseño e implementación de metodologías de Huella de Carbono y Análisis de Ciclo de Vida (ACV), ayudando a las organizaciones a cuantificar con precisión las emisiones al tiempo que identifica oportunidades para optimizar procesos, mejorar la eficiencia de los recursos y reducir los costes operativos. Luis aborda la sostenibilidad no sólo como un ejercicio de cumplimiento normativo, sino como un motor de valor empresarial medible, vinculando el desempeño ambiental con los retornos económicos, la reducción de riesgos y la competitividad a largo plazo. Trabaja para que la sostenibilidad sea práctica, basada en datos y financieramente significativa para las organizaciones y sus partes interesadas. Temas clave: Descarbonización, Huella de Carbono Corporativa, Análisis de Ciclo de Vida (ACV), Contabilidad de Alcance 1-2-3, GHG Protocol, Huella de Carbono de Producto (HCP).
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